No era el mejor día…
El viernes, antes del recreo, mi tutora tuvo que irse con la coordinadora para realizar un documento que tenía pendiente con ella. Yo me quedé en clase con la profesora de refuerzo. Para ese día, me había preparado la sesión de Lengua, pero mi tutora me pidió que comenzara con el nuevo tema de Inglés. Es importante señalar que ese día no tocaba Inglés, pero como los estudiantes siempre tienen los libros en el aula, no hubo ningún problema.
Al principio, comencé a desarrollar lo que tenía planificado en la situación de aprendizaje, pero tres estudiantes no paraban de interrumpir la clase. Intenté dialogar con ellos, buscando que reflexionaran sobre su comportamiento, pero no dio resultado. Ni siquiera sirvió ponerme seria y mostrarles que lo que estaban haciendo no era adecuado. Los alumnos seguían igual. La docente de refuerzo trataba de ayudarme, pero tampoco conseguía mantener la calma en el aula.
Tras mucho esfuerzo, logré continuar con la sesión, que consistía en mantener un diálogo con ellos acerca de los parques nacionales. Sin embargo, me di cuenta de que la conversación solo se desarrollaba entre un grupo muy pequeño de alumnos y que el resto no prestaba atención. Además, no paraban de hablar entre ellos. Cuando decidí romper con la programación y mandar un ejercicio, ya era demasiado tarde: había llegado la hora del recreo.
Sinceramente, me sentí muy frustrada por no haber conseguido captar la atención de los alumnos y por haber decidido tan tarde cambiar la dinámica de la clase. Me di cuenta demasiado tarde del contexto: era viernes, después de un jueves festivo, y justo antes del recreo. O quizás lo que proponía no era lo suficientemente interesante para ellos. Lo comprobaré cuando realice la misma actividad en el resto de las clases de cuarto.
No obstante, gracias a esta experiencia, he aprendido que no siempre se puede tener el control absoluto del aula, y que también hay que saber cuándo es mejor dejar que los alumnos trabajen de forma autónoma.
Otro ejemplo ocurrió el martes, cuando hubo un apagón. Mi tutora y yo fuimos incapaces de calmar a los alumnos a última hora, ya que estaban muy nerviosos al ver cómo algunos compañeros eran recogidos por sus padres. En ese momento, la profesora entendió que no podría continuar con la clase y decidió proponer actividades que mantuvieran ocupada la mente de los estudiantes.
¿Vosotras habéis vivido alguna vez una situación en la que no pudisteis mantener la atención del alumnado?
¡Hola! Gracias por compartir tu experiencia con tanta sinceridad. Me he sentido muy identificada leyéndote, porque yo también he vivido momentos en los que parecía imposible mantener la atención de la clase, por mucho que intentara redirigir la situación.
ResponderEliminarCreo que situaciones como la que describes, viernes, después de un festivo y antes del recreo, son el escenario perfecto para que todo lo que has planificado con ilusión se desmorone. A veces no es una cuestión de planificación, ni siquiera de actitud, sino simplemente de saber leer el contexto y tener la flexibilidad para adaptarse, como hiciste después. Eso también es parte del aprendizaje docente.
Me ha gustado mucho tu reflexión final sobre dejar trabajar al alumnado de forma más autónoma. A veces, soltar un poco el control no es rendirse, sino una forma de confiar en ellos y encontrar nuevas formas de llegar a la clase.